Es verdad que tenemos la costumbre de tratar mejor a las personas cuando han muerto: la de veces que aprovechamos para decirles lo que en vida no fuimos capaces de reconocer ni, sobre todo, decir. Mila sí experimentó el cariño de los suyos, empezando por la experiencia de amor que tuvo de Dios incluso en los momentos de gran dolor en los que supo crecer como cristiana dejándonos un ejemplo imborrable a todos, no solo a los que compartimos la fe cristiana con ella.

Mila nos ha dejado, pero es necesario proclamar que su larga vida es -en presente- una invitación a “ir adentro”, a dejar lo pasajero para centrarse en los demás y en Cristo. La vida, y el dolor con ella, nos lleva a lo esencial, lo eterno, “al Amor que somos”, en palabras de Stefano Cantabria. Ese dolor inevitable que a todos llega lo asimiló con gran aceptación y fe hasta brillar por su ejemplo diario de vida que ahora alimenta la nuestra recordando su alegría existencial, la que solo puede proporcionar Dios en medio del sufrimiento.

Descansa en la paz del Señor y mantén tu ejemplo vivo entre nosotros. Goian bego, Mila maitia.
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Entzun, Jainko ona, nire otoitza!
Larri daukat bihotza.
Arnasa dut joana,
nire maitearen arnasarekin batera.
Zeu zaitut orain  estualdian babesleku,
ilunaldian altzo goxo,
heriotzaren ertzetan bizi-iturri.
Zurekin bat eginik bizi nahi nuke betiko,
hain maite izan dudanarekin batera.
Besoak eta bihotza zabalik hartzen gaituzu,
mundura etortzean,
gure eguneroko ibilbidean
eta hemendik ateratzean:
horixe da gure itxaropena.
Eskerrik asko, Jauna!

Ante Ti, Señor  y fuente de la vida,
recordamos con cariño a Mila
que nos fue familiar y persona cercana.
Que nada de los esfuerzos de su vida se  pierda.
Que los que seguimos en este mundo
sepamos respetar sus obras y su ejemplo.
Que siga viva en nosotros y en nuestros corazones.
Que nos mantenga unidos en la paz y amistad.
Te damos gracias
por todo lo que a través de Mila
hemos recibido de Ti,
que vives por los siglos de los siglos. Amén.
Padre nuestro, que estás en el cielo…